En todas las esferas de acción de nuestra vida llega un momento en que tenemos que ponernos a pensar sobre quién será nuestro relevo. En el orden natural de la vida el hijo sucede al padre y no siempre la transición, con todo el amor que haya de por medio, deja de ser un hecho conflictivo.
El mundo que hemos construido los mayores no necesariamente habrá de ser del agrado de nuestros hijos. Sobretodo si le hemos estado diciendo que hemos hecho tales cosas para su bienestar y resulta que aún para nosotros no funcionan, y para ellos carecen de pertinencia y utilidad. No es de extrañar que la Psicología, cuando analiza los conflictos entre padres e hijos, nos habla de los deseos reprimidos de los segundos de darle “muerte” a los primeros.
Que conste, esta es ley de vida, aún en los casos en que el padre no haya sido un maltratante, en el sentido en que hoy se define. Y hago la precisión “en la forma que hoy se define” porque fuimos muy pocos los de mi generación que podemos decir “mi padre nunca me dio una pela” y mis educadores no aplicaron, como regla general, la norma pedagógica de que “la letra con sangre entra”.
Excusen la digresión. Es que resulta tentador para los mayores tratar de explicar nuestro quehacer por las experiencias vividas en el propio proceso de formación. Sin embargo, en este momento en que nos hemos detenido a reflexionar sobre la labor de relevo que cumple realizar a los que nos sucedan lo que tiene pertinencia es lo que hemos hecho y más importante aún, lo que dejamos de hacer.
Ciertamente la generación que nos releve comenzará por pasar juicio crítico al resultado de nuestras acciones y omisiones. Esto es, a la realidad presente. Puedo asegurar que muy pocos tomaron en cuenta, al momento de reclamar su “derecho natural” a ocupar nuestras posiciones, los obstáculos que hubimos de superar, las aportaciones y logros alcanzados durante nuestra trayectoria y la realidad que nos acompañó en nuestro ciclo de ejecución.
Con franqueza y acierto nos dirán que “este mundo que nos entregan no es lo que nosotros ambicionamos y como es hechura de ustedes, lo mejor que pueden hacer es echarse a un lado y permitirnos llevar a cabo nuestro propio proyecto”. Aquí simplemente hay borrón y cuenta nueva.
Y al amparo de esta premisa simplista, se dará comienzo al proyecto de la nueva generación, con nuevos tropiezos, nuevos errores y aciertos, nuevas pequeñas victorias y por duro que nos parezca reconocerlo, sin alcanzar las grandes victorias definitorias que necesita nuestro pueblo.
Sin asumir una actitud paternalista, que siempre será ofensiva a las nuevas generaciones, considero pertinente precisar la necesidad de que los nuevos pinos hagan un recuento reflexivo de lo que ha sido la historia de nuestro pueblo. Si la generación que tomó la dirección del País en los años 40 hubiese reflexionado a profundidad la historia de los primeros 42 años de relación política con los Estados Unidos, hay no estuviéramos sumidos en la misma crisis que ellos conjugaron en los años 50 y cuyos parchos hoy se han desprendido, dejando escapar por todos lados la podredumbre colonial que hace más de un siglo nos asfixia. Hagamos acopio de nuestra historia y sólo así podremos evitar cometer los mismos errores.
Al pasar el balón a la nueva generación y hacer un llamamiento a un cambio generacional consciente y reflexivo lo hacemos no para que se nos juzgue con menos rigor o se estime en algún grado nuestro quehacer, sino por la responsabilidad de solidaridad contraída en nuestro proceso de lucha. Aún con aquellos que por ignorancia o formación deficiente se resisten a entender que hace ya mucho tiempo se empezó a construir la zapata del edificio que hoy le toca construir a la generación de relevo.