A pesar de lo cercano de las primarias son pocas las ideas que conocemos sobre muchos de estos aspirantes e incluso sobre los incumbentes. La poca participación y reacción de muchos políticos y aspirantes no debe sorprendernos. La misma refleja nuestra realidad.
Ciertamente, no hay ideas, ni interés genuino de ayudar a transformar nuestro País. Sólo promesas vacías. Existe un sinnúmero de candidatos que no tienen un plan de gobierno estructurado, no tienen proyectos e incluso no conocen bien los problemas que atañen a nuestra Isla. Más aún, no conocen nuestra historia; ignoran la idiosincrasia del puertorriqueño y cómo se ha transformado el mundo, viven literalmente en un insularismo. Algunos ni pueden definir claramente el término globalización, fundamental para nuestros días y el futuro. Tenemos que tener claro que muchos de los males de nuestra Isla no son únicos y ya otros países han podido resolverlos, debemos aprender de ellos. Pero la realidad es que muchos sólo buscan el escaño por sus beneficios y el oportunismo, no les interesa ser agentes transformadores. Algunos irónica y descaradamente se atreven a hablar del síndrome de la realeza cuando ellos son quienes vienen de una clase privilegiada que ha tenido y tienen un sinfín de beneficios. A la hora de buscar votos, todos dicen venir de una clase media, de aquel o tal barrio y todos se identifican de cuna humilde. La realidad es que la mayoría viene de una clase acomodada y privilegiada que no conoce el escenario de la clase media y menos aún de la clase pobre.
Por otro lado, cantidad de incumbentes que también son aspirantes no están por méritos propios, por lo que sería ilusorio esperar de ellos un programa de gobierno sólido. Y peor aún, muchos son marionetas de “sus asesores y equipo” de trabajo. La mayoría de los políticos y candidatos carece de una buena preparación académica, siendo esa la base de una sociedad: el conocimiento y la educación. La mezcla de todos estos elementos hace que tengamos candidatos y políticos vacíos y no es de extrañar que a estas alturas ni siquiera tengan un programa de gobierno propio que nos puedan presentar.
En la mayoría de los casos tenemos que esperar que su equipo de campaña y asesores prepare ese programa de gobierno. Luego, a muchos de estos aspirantes e incumbentes hay que explicarles de qué se trata, en qué se basa, ya que muchos no tienen ni idea de su contenido. Esa es nuestra realidad, no debemos estar ajenos a ella. Ya que, los votantes les facilitan la vida, se vota por ellos, por su carisma y simpatía, sin pedirles, ni conocer su programa e ideas. Definitivamente esto es una combinación letal para el futuro de cualquier país.
De seguro muchos correran a preparar su programa de gobierno, otros más descaradamente dicen no difundirlo como estrategia política. Sin embargo, un buen candidato político, ni tan siquiera aspiraría a unas primarias o puesto político sin una plataforma de gobierno e ideas claras de lo que desea realizar. De seguro se sentiría orgulloso de sus propuestas e ideas, ya que eso refleja su pasión y convicción por originar aquellos cambios en los cuales cree. Sin embargo, para un buen programa se necesita “tiempo”, conocimiento y un genuino interés de transformar; cosas de las que muchos carecen.
La verdad casi siempre es dolorosa, rígida y tangible. Aunque muchos hablan de cambios, la realidad es que no todos están preparados para el cambio. Incluso, algunos le temen al cambio. Es tiempo de un cambio, de tener aspirantes verdaderamente comprometidos, es tiempo de que muchos políticos incumbentes renueven su antiguo equipo de trabajo, con gente joven, con ideas nuevas y frescas. Los aspirantes, incumbentes y sus familiares deben tener bien claro, que no se aspira a un puesto político para arroparse de poder y pavonearse, ganar más dinero o poseer múltiples beneficios y estar en la palestra pública. Sino que, se debe aspirar por respeto y vocación, por un genuino interés de poner al servicio de los demás las destrezas y talentos que se poseen. Sencillamente, hay que poseer capacidad y tener sed de ayudar a nuestro País. Hay que demostrar un verdadero interés de transformación y aderezarlo con liderazgo, fortaleza, convicción, rectitud -entre otras cosas- y de vez en cuando añadirle un poco de carisma y sutilidad para lograr poner en marcha a todo un pueblo y generar cambios.